Hay días en las que una se levanta rara, días en los que te sientes extraña y se te pasan mil ideas sin sentido en un microsegundo.  En ocasiones sólo dura unos minutos, a veces son horas, días, semanas…
Es una sensación contínua de ahogo, de ansiedad, de sopor mental. Tu mente y tus sentidos se aletargan en un largo sueño de pesadilla del que tratas de escapar sin éxito. Sientes la caida inmediata, que se convierte en clara dejadez externa: la mirada apagada, la piel mortecina, el pelo sin brillo, el cuerpo hinchado, una contínua mueca que pretende ser una sonrisa, y que te torna más inexpresiva parece apoderarse de tu rostro. No sólo te delata el físico, te delatas tú misma en tu forma de vestir, escondiendo tus formas bajo prendas que no te favorecen, que olvidas combinar por no tener ganas de rebuscar nada más en tu armario. No te atreves siquiera a maquillarte por miedo a parecer una muñeca de feria, de esas que anucian con voz estridente entre música de Bisbal y luces de colores: “La muñeca Pepona… “

Tratas de mantener la concentración, escuchar lo que se te dice, pero tus oídos se encierran en la espiral de lo que te corroe por dentro, el olfato percibe más olores de los deseados, la vista ve más allá de este mundo, el gusto te sabe a bilis, y el tacto se convierte en rechazo. Es en ese momento cuando deseas lanzar un grito silencioso pidiendo ayuda, pero sin que nadie te oiga.
Hay días que son extraños, a veces no recuerdas muy bien por qué, otras lo sabes sobradamente, y te sumes en tus pensamientos, en tus sinsentidos cotidianos que llevan al límite de lo absurdo tus actos, provocando el inicio de la locura.
Es la pesadilla real, de la que huyes a intermitencias. Y sí, estoy en esos días extraños, esperando con ansia a que acaben tan de repente como han empezado.