Mi amigo siempre tiene prisa por llegar a todas partes. En ocasiones es absolutamente agobiante, con ese aire de suficiencia, de sabelotodo, de moderno. Va por delante de todo el mundo y eso me irrita considerablemente.
   Hoy me ha hecho ser un poco más consciente de mí misma. Supongo que es porque se acerca mi cumpleaños, y como siempre sucede por estas fechas, me da un no se qué, que qué se yo…. y todo se me pone del revés. Que no se ni para que me levanto, si ya rumio bastante por las noches en sueños, como para pensar conscientemente y hacer balance, no sólo de este año (que total, un año sólo son 365 días), sino de todos los anteriores.
   Y al entrar en este blog, que digo yo que será la crisis de los treintaitantos, que me ha dado por escribir algo hoy (aunque sean sandeces inconexas, pero oigan, el blog es mío y hago lo que me da la gana). Lo que decía, al entrar en este blog, mi amigo ha pasado de hacerme sentir consciente a darme una bofetada. Más de año y medio abandonadito, el pobre. Sin  una entrada, sin una triste palabra. Si apenas lo empecé, ya lo dejé. Y es que siempre he sido un poco así. No, mía no (que también). Quiero decir de inconstante.
   Mi amigo me decía que tenía que darme prisa para seguir avanzando. Pero es que una necesita ir pasito a pasito, sin agobios. Y claro, luego pasa lo que pasa, como cuando era estudiante. Tan a pasitos iba, que pensé que nunca acabaría la carrera. Pero la acabé. Después decidí liarme la toalla a la cabeza, sí, la toalla, que me marché al extranjero y por no correr, o por no ir más despacio, acabé como acabé… con unos pelos….
   Entonces decidí que había que tomar carrerilla. Y eso implicaba una carrera de fondo, esa que te exige la Señora Sociedad. Que menuda es ella. Siempre tan exigente, tan antigua, tan severa. Que si compra una casa, que si necesitas un coche, que cojas ese trabajo (que te quita la vida, pero te paga los caprichos), que si búscate un novio que se te pasa el arroz… y un montón de sandeces parecidas. Mi amigo tuvo un momento de lucidez, o de pasmo, aún no lo sé. Me dijo que tuviese cuidado, que corriese, pero con cuidado. Que el que mucho corre pronto para. Como siempre decidí ignorarlo. Y entonces, dos años más tarde sucedió. Sociedad me puso la zancadilla y casi me tira al hoyo la muy perra. Y como había predicho mi amigo, todo se quedó parado de repente.
   Tan parado se quedó que me fui al Psicoterapeuta. Mientras tanto, mi amigo se reía de mí a diario. Tras dos años más de mirarme al ombligo, cambiar de trabajo, cambiar de casa, mandar a la mierda al coche, buscarme novio nuevo,  de interminables sesiones con el Psicoterapeuta, e incluso de mudarme de país he llegado  a una simple conclusión.
   Que le den a mi amigo. Por snob. Por sabelotodo. Por listo. Porque sí. Porque no se detiene.
   Así que hoy le miro a la cara y se lo digo: “Mi querido amigo Tiempo, que te den”. Porque a pesar de todo,  soy más feliz sin correr. Porque tengo mi crisis de los treintaitantos. Porque estoy enamorada. Porque no necesito una casa en propiedad, ni una hipoteca, ni un coche para vivir. Porque me da la gana. Y a la Señora Sociedad, que se busque la vida sin mi, que yo soy muy feliz tratando con ella lo justo.Que tanto corsé y tanta etiqueta terminan por provocarme desmayos neuronales. Y claro, cuando me recupero, han pasado otros dos años. Que mi amigo Tiempo me dice que no corra en exceso, pero luego me obliga a pisar el acelerador. Esta vez me niego. Si quiere que me vuelvan a multar por exceso de velocidad, apañado va.
   Y es que pasito a pasito, voy descubriendo que también se llega a buen puerto. Y porque para morirme no tengo prisa. Así que para qué correr… aunque mi amigo no perdone…