NARCISO
Narciso en la Fuente. Atribuido a Caravaggio
Galería Nacional de Arte Antiguo. Palacio Barberini

 

Narciso observó fijamente al perro. Era un callejero, todo piel y huesos, uno de tantos abandonados a su suerte por algún desalmado que creía poder comprar el cariño de sus hijos con otro ser vivo. El animal, cubierto de sarna y de moscas, estaba tumbado junto al arcén, bajo el sol de mediodía de principios de otoño.

Narciso se acercó con cuidado, tal vez con miedo de tener que recogerlo y cavar una nueva fosa, una de tantas de las que había cavado junto a la carretera el último año. Ya nadie se preocupaba por nadie, y mucho menos por un animal viejo, famélico y abandonado. Recordó durante un instante tiempos más felices, en los que él y su familia jugaban junto al mar, y recordó a otro perro. Otro de tantos que había acabado enterrado, junto a su infancia. Miró adelante y atrás, cubriéndose los ojos con la mano a modo de visera. La carretera se extendía, desierta, hasta donde su pobre vista podía llegar. Nadie. Nada.
Dio unos pocos pasos más, hasta situarse junto al animal, y sus miradas se cruzaron. La del callejero, con apenas un aliento de vida en ellos. La del anciano, con la angustia y la tristeza de quien ha visto mucho y sabe que ya no puede hacer nada. Con un crujido de huesos, se sentó y acarició la deslustrada piel de su pequeño amigo, sin importarle la enfermedad. Y esperó.
El sol de mediodía dio paso a la luz del atardecer. Y allí continuaban, el perro agonizando, esperando a la parca; Narciso, paciente, sintiendo que la hora estaba próxima. Y mientras tanto, en la carretera, el silencio. Nadie. Nada.
El animal devolvió la caricia con su hocico a Narciso, un instante antes de exhalar su último suspiro. Una caricia que agradecía el saberse no morir sólo como un perro, todo piel y huesos. Y tras ese pequeño instante de intimidad, en la que animal y hombre se dijeron adiós, Narciso cavó una fosa, una de tantas de las que cavaría junto a la carretera en el próximo año.