Nadie sabía por qué Elena era tan tímida. Siempre andaba cabizbaja, con la nariz apuntando a los pies, como si los tesoros más suculentos se pudiesen encontrar solo a ras de suelo. En muchas ocasiones tropezaba con la gente, aunque ellos apenas se daban cuenta de su presencia, circunstancia en la que se podía oír un “disculpe” apenas musitado en palabras arrastradas.

Elena no tenía amigos, de hecho, jamás había cruzado más de tres frases con ningún ser humano, incluida su familia. Lo cierto es que tampoco echaba de menos tenerlos, porque jamás había conocido esa clase de relación que une a dos personas con intereses comunes, ni lo que era la sonrisa compartida. Ni siquiera sabía lo que era sonreír.

Un día, mientras caminaba por el parque, se encontró un pequeño pajarillo que había caído de algún sitio. Lo observó con el mismo ojo clínico e interés con el que los doctores diagnostican un sarpullido. Era apenas un polluelo. Fue entonces cuando vio cómo sus alas se movían, retorciéndose en un vano intento por levantar el vuelo. Por primera vez en su vida, Elena se preguntó qué se debía sentir al tener alas, y mientras pensaba en ello no pudo evitar erguir su mirada hacia un árbol cercano. Allí arriba, entre las ramas, asomaba un nido; y en el nido, un ave de enormes alas le devolvía la mirada. Se preguntó por qué razón el pájaro no ayudaba a su polluelo, y sintió (por primera vez en años sintió), que la invadía una ira semejante a un torbellino: repentino, grandioso, destructor.

No pudo evitarlo, y le lanzó una piedra al maldito pájaro, que levantó el vuelo de modo apresurado en un aleteo nervioso, poniéndose a salvo de aquella amenaza. Sin embargo su ira no cejó, muy al contrario, fue en aumento. Observó a su alrededor y descubrió una acaramelada pareja en un banco del parque, susurrándose deseos entre besos; a un anciano risueño y solitario renqueando con su bastón, dirigiéndose a algún lado; a una madre sonriendo a su diminuta hija que corría de un lado a otro, emocionada, persiguiendo las hojas de otoño.

Era todo mentira. Elena lo sabía.

La pareja no cumpliría sus promesas, y cambiarían aquellos besos por una patética vida de costumbres, por un odio profundo de reproches silenciosos, ira contenida de los deseos olvidados. El anciano se dirigía directo a la tumba que había de amortajarle por la eternidad, y en su sonrisa amarga maldecía a quienes tanto dio en vida, y nada le habían devuelto. La madre y la hija no disfrutarían durante mucho más tiempo, pues su relación, como las hojas de otoño, terminaría marchitándose durante el invierno que es la madurez.

Y ante semejante revelación, Elena aplacó su ira lanzando una última mirada al pajarillo, que aún intentaba levantar sus pequeñas alas en un corto vuelo, y volvió a mirar al suelo, continuando su camino y preguntándose qué se sentiría al tener alas.