Marcos se sentó frente al escritorio. Había sido una mañana fructífera, a pesar de la lentitud de bancos y administraciones. Observó algunas de las notas que le había dejado la recepcionista, y decidió que lo primero era archivar la documentación. Mientras leía el correo electrónico, abrió un sobre blanco de modo mecánico y distraído, e introdujo su mano. Extrañado, miró dentro. Imposible. Lo puso boca abajo, como si al hacerlo pudiese conjurar su contenido.
El sobre estaba vacío.
Intentó no ponerse nervioso y revisó el resto de papeles, pero todos tenían la documentación correspondiente: recibos bancarios, facturas de proveedores, dinero en efectivo sobrante de caja, y un sinfín de documentación habitual en cualquier oficina. Volvió a recoger el sobre blanco y, mirándolo con incredulidad, empalideció.
Sintiendo la vergüenza de quien no ha cometido jamás un error en su carrera profesional, y el pánico de saberse despedido ipso factosi su jefe descubría la pérdida, decidió hacer memoria.
Con el corazón encogido, bajó al coche. Tal vez se hubiese caído al recoger los papeles. Buscó durante más de veinte minutos: dentro del vehículo, a su alrededor, debajo de él; incluso hizo y deshizo el camino que llevaba del garaje hasta su despacho en cuatro ocasiones, hasta que la recepcionista le preguntó si sucedía algo.
—Gracias Vera, no pasa nada. La úlcera, que hoy me está matando.
El banco. Tenía que estar allí.
Recordaba muy bien haber ido a la sucursal bancaria, tras recoger el sobre en SinCO. No le gustaba dejar documentación importante en el coche, así que lo más probable es que se le hubiese traspapelado allí. Miró la hora. El Banco General estaba a punto de cerrar. Salió a la calle mientras marcaba con apremio el número de teléfono. La señora Gómez ya no se encontraba en la sucursal, respondió una voz neutra, pero echarían un vistazo. La úlcera de Marcos protestaba con mayor fuerza cada minuto que pasaba. «Lo lamentamos, señor Regio. No está aquí».
Furioso, Marcos telefoneó a algunos lugares en los que había estado. Musitó una mala excusa a la secretaria y condujo de modo errático por toda la ciudad, volviendo sobre sus pasos. Nadie sabía nada.
Derrotado y ofuscado, se dirigió de nuevo a la oficina, a contarle a su jefe lo sucedido. Con un poco de suerte, valoraría su trabajo de los últimos cinco años y todo quedaría en una bronca. Se secó el sudor y tomó aire antes de llamar a la puerta del despacho que dictaría sentencia.
Confesó a bocajarro el pecado cometido.
Los gritos se oyeron por todo el edificio, o eso le pareció a Marcos. Con un golpe en la mesa y la cara roja de rabia, Martínez, su jefe, le dejó muy claro que lo encontraba para primera hora de la mañana, o podía considerarse despedido.
—Ocho y dos minutos, Regio, o puede recoger sus cosas —repitió Martínez. Al salir, sus compañeros lo miraron con lástima y comprensión.
Ninguno dijo nada.
Aquella noche apenas probó bocado, y durmió aún menos. Lo más difícil fue sonreír a su mujer y a su hija, mientras se tomaba los omeprazoles a puñados. No estaba preparado para hablar de lo sucedido, y cuál iba a ser la fatídica consecuencia de su pérdida.
Aún no.
Entre golpe y golpe de insomnio, aquella noche soñó con sobres vacíos que navegaban en el viento.
Al entrar en la oficina, Vera le sonrió amablemente, y le deseó buen día. Marcos contuvo el impulso de abofetearla. Entró en su despacho sin decir nada y se sentó en su mesa. Apenas podía respirar. Si algo caracterizaba a Martínez, era cumplir siempre sus amenazas.
Estaba sentenciado.
El reloj marcaba las ocho menos cinco, así que se dispuso a recoger sus pocas pertenencias: un ficus, un bolígrafo regalo de su abuelo y una calculadora que conservaba desde la facultad. Fue entonces cuando vio sobre el teclado un pósit: “Sr. Regio, esto estaba en el suelo, debajo de su mesa. Que pase un buen día. Vera”.

Marcos lloró de alivio al ver el jodido cheque.

Taller de #escritura nº28. Móntame una escena: el sobre