El frío se le colaba por las rasgaduras del abrigo. Pronto nevaría, así que metió las manos en los bolsillos recosidos, en un fallido intento de entrar en calor, y apresuró el paso.
En casa le esperaban, junto a un caldo hecho de cebollas y exceso de agua, su esposa y dos hijos. No quedaba carbón por lo que, tras aquella mísera cena, mujer y niños apretaron sus cuerpos bajo la manta. La pequeña tosió; tal vez no superara el invierno. El hombre observó caer los primeros copos a través de la única ventana y lloró en silencio, desesperado; dispuesto a cambiar su alma por una tregua con la vida. Un resplandor iluminó el firmamento y le pareció ver una figura junto a la ventana. Preguntándose quién era aquel desgraciado bajo la tormenta, salió, dispuesto a darle cobijo.

Frente a él, una hermosa joven de ojos plata y pelo albino, sonreía. «¿Quién eres?», preguntó el humano, con voz ronca. «Soy tu invierno y tus anhelos, Andrew. Conmovida por tus súplicas, Madre te concede un regalo. —La muchacha depositó en su mano un lápiz de hielo cristalino—. Los deseos escritos serán cumplidos, aunque el lápiz menguará con ellos. Pero te advierto: cada demanda helará tu corazón y lo escrito solo podrá ser borrado con lágrimas sinceras. Hasta la próxima tormenta, Andrew Begger». Ante la atónita mirada del hombre, la ninfa desapareció enredada en la nieve.

Incrédulo, entró en casa y, en la primera página del devocionario, escribió algo con letra diminuta. Notó un gélido pinchazo en el pecho. La carbonera, antes vacía, ahora rebosaba. Entre risas de júbilo, encendió el fuego y despertó a la familia para narrarles lo sucedido, mientras tomaban pan, leche y huevos. «Andrew, sé prudente. La magia tiene precio», le advirtió su esposa. «Descuida, prometo usarlo bien», contestó él, sellando el pacto mediante un beso. Y así fue durante un tiempo; pero con cada petición, su corazón se cubría de escarcha.
Una mañana se cansó de malvivir, así que escribió “riqueza” y “fama” en aquella vieja página, ya arrancada del devocionario. Su esposa veía con angustia cómo él y los niños se iban transformando en seres fríos y egoístas; sobre todo tras mudarse a la nueva casa: «Tan grande y llena de lujos; tan desierta de amor». El hombre continuó demandando carruajes, vasos de oro, cubiertos de plata, banquetes y fiestas; acordes con su nueva vida. Y con cada capricho, una fría punzada.
Años más tarde, la abnegada señora Begger encontró, en la papelera del estudio, el lápiz y la página, que olía a recuerdos. Solo quedaba un deseo. Entristecida, los guardó en el bolsillo de un raído abrigo. Su esposo, ahora malhumorado y distante, ya no recordaba las promesas hechas; y ella fue consciente, por vez primera, de que Andrew creía haber obtenido sus lujos por derecho. Sus hijos eran ya jóvenes: «Tan elegantes, tan caprichosos, tan ambiciosos… Tan frívolos». Nadie necesitaba a Madre que, sola y desatendida, murió amortajada por aquel gran caserón vacío. Ninguno asistió al entierro, y así quedaron arrinconados —en el polvoriento desván— gabán, lápiz y ruegos lejanos.
Con la muerte de la señora Begger, se desvaneció la ilusión. Su alocada hija protagonizó un sonado escándalo al huir con un alférez de notoriedad dudosa. El hijo, bien situado, se mudó al extranjero para evitar la vergüenza. No se supo más de ellos. Andrew, abandonado y despedido de todas las casas respetables de la ciudad, encaró la afrenta dilapidando su fortuna entre tragos y fumaderos llenos de cortesanas de baja alcurnia. Solo conservó un deshecho abrigo.
El frío se le colaba por las rasgaduras. Pronto nevaría, pero esta vez no apresuró el paso. Como un eco del pasado, metió las manos en los recosidos bolsillos. Acurrucándose, sacó un lápiz de cristal y una amarillenta página, que leyó acongojado: “Carbón. Pan. Leche. Huevos”.
Una lágrima empapó aquella lista, evaporando parte de la hoja y la palabra “fama”. Con cada gota de tristeza, los deseos pasados se desvanecían; y con cada anhelo olvidado, su corazón recuperaba el calor. Sus dedos temblorosos, y ya sin papel, buscaron dónde escribir. El lápiz desapareció sin más. Frente a él, una ninfa, de ojos plata y pelo albino, le ofrecía una mano amiga: «Por fin nos reencontramos, Andrew Begger».
Al alba, el sepulturero quedó desconcertado al descubrir, sobre la lápida de la señora Begger, un viejo abrigo. Bajo el epitafio, garabateado: «Lo lamento».