Estaban haciendo el intercambio junto al coche cuando, por el rabillo del ojo, percibió un movimiento extraño. Apenas unos segundos de reflejo en el espejo retrovisor: una mano, que portaba un sello de oro, empuñaba una pistola. Su cuerpo reaccionó por instinto, y echó a correr. Un disparo.Aceleró el ritmo con la mirada fija en la primera línea de árboles y se concentró en alcanzar el bosque. Los pulmones le iban a estallar y el costado izquierdo comenzó a ensañarse con él a modo de punzada. «Juro que si salgo de esta dejo de fumar». El trato había salido mal. «Jodidamente mal». Los pelos de la nuca se le erizaron, y sus tensos músculos respondieron con nuevo ímpetu al oír otro tiro. «Joder… Un poco más tío, aguanta un poco más».

Consiguió llegar a su objetivo ileso. No conocía la zona, pero al llegar a los primeros árboles se sintió más protegido. Paró un instante para tomar resuello y miró hacia el aparcamiento, escondido entre las ramas. La gorra roja de Toño, uno de sus compañeros, yacía junto a su cuerpo retorcido en un ángulo imposible. Distinguió dos figuras, al lado de los vehículos, señalando hacia el bosque y supo que iban a darles caza. Al parecer, Oriol también había huido. Sin esperar, se introdujo en la arboleda en busca de refugio para pasar la noche antes de que oscureciese por completo.

Apenas llevaba unos minutos de camino cuando oyó de nuevo, a lo lejos, un disparo. El pánico hizo mella en él, y avanzó en una alocada carrera a través de la espesura: «Esto no es bueno. Nada bueno». Tropezó un par de veces con las ramas y las piedras hasta que, resbalando por un terraplén, fue consciente de que si no lo mataban los otros lo haría él mismo.

Encontró una pequeña hondonada que podía servirle de refugio hasta el amanecer entre un pedrusco y dos frondosas encinas. Imposible subir a una de ellas; las primeras ramas sólidas estaban muy altas y las que llegaban al suelo no soportarían su peso. Se acomodó en el hueco, encogiéndose tanto como pudo, y agradeció la costumbre que tenía de ir siempre con ropa oscura, pensando en la gorra roja de su amigo.

Aguzó el oído durante un buen rato, escuchando los sonidos del bosque. Un pájaro levantó el vuelo al sonar su iPhone, y él sintió que se le escapaba la bilis por la boca. «Mierda», pensó metiendo la mano temblorosa en el bolsillo. En un susurro apenas audible, contestó:

—Oriol. ¿Qué cojones ha pasado? Pensaba que estabas fiambre. Se suponía que era un trabajo fácil, que estos tíos eran legales… —Las palabras le salieron a borbotones.

—Me he cargado a un cabrón, pero queda el otro. Tranquilízate, Álex, y…

—¿Que me tranquilice? Y una mierda, joder. —Su crispación iba en aumento—. Se han cargado a Toño y tienes los santos huevos de decirme que…

—Baja la voz, gilipollas, y escucha: Chino dice que dejemos los teléfonos conectados. Él nos encontrará. Viene con el resto.

—¿Cómo coño va a hacerlo? Estamos en medio de….

—El localizador del móvil, idiota. —El cuchicheo de Oriol estaba cargado de impaciencia—. ¿O pensabas que era para encontrarnos cuando vamos de putas? En serio, Álex, deja el puto teléfono encendido y no te muevas de…

Álex escuchó un impacto sordo al otro lado de la línea.

—¿Oriol? Joder, joder. —Colgó el teléfono de inmediato y lo insonorizó, con las sienes palpitando por el miedo.

Miró a su alrededor, pero estaba demasiado oscuro y no tuvo valor de encender la linterna del iPhone para buscar una nueva posición. «Piensa tío, piensa; aquí estás bien escondido. Chino te encontrará antes. Un puto anillo en el espejo, eso te ha salvado el culo, el anillo… Un cigarro…, no, encender uno sería una gilipollez. Chino llegará pronto». Poco a poco, Álex se fue tranquilizando pero notó que el cansancio lo traicionaba. «Despierta… Algo no encaja. No fumes, eso no. ¿Qué ha salido mal? La bolsa con la pasta, la otra con el material, todo estaba en orden y, entonces el espejo, la mano, el anillo… ¿Dónde lo he visto antes? No te duermas, piensa…»

Despertó sobresaltado y empapado en sudor. «Joder. El puto sello de oro en el espejo». Con rapidez, sacó el teléfono para desconectarlo, pero supo que ya era tarde al sentir el frío acero de un cañón en su nuca.

—Ostias, Oriol. ¿Cómo se puede ser tan hijo de…?

Taller de #escritura nº30. Móntame una escena: el espejo y el bosque