La estación seca ha terminado.

El alba, apenas una línea grisácea en el horizonte que sombrea las acacias cercanas, me saluda durante mi paseo. Nervioso por la cercanía de la tormenta, seguido de sus alegres compañeros que garren y revolotean sobre los guayacanes en flor, un loro levanta el vuelo.

Y recuerdo otros pájaros y otras flores.

Casi puedo oler las coloridas veraneras de nuestro patio, llenas del aleteo de los colibrís bebiendo su néctar. Saboreamos el vino tinto tumbados sobre las hamacas; y tu voz, espesa por el alcohol, la mirada clavada en mi escote, narra alguna vieja historia de infancia. Pero ya no hay hamacas y la estación seca ha llegado a su fin. ¿Recuerdas los días de lluvia y el calor sofocante que nos mantenía despiertos hasta la madrugada? ¿Nuestra desnudez, entrelazada entre jadeos y susurros, moviéndose al ritmo de un viejo ventilador de techo?

Pero ya no hay susurros.

Vuelvo a casa sin prisa. Nuestra tortuga me recibe, con la boca abierta y el cuello estirado, para recordarme el desayuno. El aroma a café y tostadas me anima un poco, sabes que soy mujer de costumbres.

Y recuerdo otro café y otras tostadas.

Aún es temprano, pero no queremos perder ni un minuto de la que es nuestra primera escapada en este lado del mundo; así que desayunamos en el coche mientras el espejo retrovisor deja atrás la jungla y los manglares. Llegamos a Punta Chame —el calor, ¡cómo aprieta!— entre chistes y caricias. Los “totorrones”, escondidos entre las hierbas de liendrilla, nos reciben con canciones tropicales llenas de sueños. Fotografías mi cara de asombro cuando veo la inmensidad del Pacífico, tan distinto de nuestro Mediterráneo, y sus kilómetros de arena blanca que nadie visita. En medio, un solitario cubo amarillo destaca sobre la tierra lamida por las olas. Nos entretenemos buscando estrellas de mar y conchas huecas que nos cuentan secretos de otros amantes que jamás conoceremos. ¿Recuerdas el roce de la arena sobre nuestros cuerpos? ¿Las risas cómplices bajo la sombrilla?

Pero ya no hay risas.

Ya en la habitación, estás tumbado sobre la cama vacía. Apoyado sobre el costado derecho, la lujuria reflejada en tus labios, observas cómo me desnudo, poco a poco, al compás de tu sonrisa. Abro el armario para vestirme y allí están tus cosas clasificadas por tamaño y colores, como las piezas de un museo.

Y recuerdo otra cama y otro museo.

Estamos en París, en un junio que despierta soleado. ¿Recuerdas nuestra visita al Louvre? Pasamos horas dentro, fijándonos más en sus elaborados techos y amplios pasillos que en las obras de arte. Apenas podemos caminar al llegar a la pensión, los pies doloridos, llenos de llagas. Entre las paredes de la habitación, construidas de sexo, humedad y tabaco viejo, prometemos volver algún día; y nuestras manos inquietas sellan el pacto. Pero no volvemos. Hay tantas ciudades que visitar: Londres, con sus coloridos mercadillos en los días grises; Viena, que huele a lujo y chocolate; Berlín, tan lleno de vida, tan lleno de muerte, tan lleno de música…

Pero ya no hay música.

Aspiro con fuerza una de tus camisetas intentando no olvidarte, pero el aroma se diluye con el tiempo, igual que los recuerdos. Miro la hora y me pongo un vestido corto y unas sandalias. Apenas son las ocho y el calor es ya agobiante, así que rezo por que llegue la tormenta mientras me siento a fumar un cigarro bajo el porche.

Y recuerdo otra camiseta y otro cigarro.

Tú con la camisa de bananas y yo con el biquini, celebramos las campanadas de año nuevo bajo las palmeras de colores que rasgan el cielo nocturno y saben a cava. ¿Recuerdas cuánto nos gustaba sentarnos aquí para observar a la gente pasar? ¿Las historias y las vidas que inventábamos para ellos?

Pero ya no hay historias.

El señor Luis, el cartero, ha comenzado su ruta. Puedo verlo desde aquí, renqueando con su zurrón de un lado a otro de la calle. Por fin llega frente a nuestra verja, trayendo consigo las primeras gotas de lluvia, y me saluda con la mano deseándome buenos días. Hoy tampoco hay noticias tuyas, y la estación seca ha terminado.

Solo me quedan la tormenta y los recuerdos.

 

Taller de #escritura nº35. Móntame una escena: con museo y arena