El anciano encontró la llave en un rincón del pasillo F137-D. Pensó que deliraba, por lo que realizó los exámenes protocolarios y comprobó los niveles de toxicidad en el aire. Se había desviado de la ruta porque necesitaba evacuar con urgencia y solo unos pocos valientes, con el sentido del olfato atrofiado, se atrevían a entrar en los túneles clase D, destinados a desechos. El medidor mostró cotas normales. Apoyó las manos sobre los riñones mientras se agachaba, maldiciendo la humedad que se le enquistaba en los huesos. Una rata chilló a modo de protesta, y el hombre se debatió entre recoger el objeto o cazar al animal para la cena.

Limpió la llave en su camiseta y la alumbró con la linterna: era sencilla, de hierro, con una paleta de tres dientes y acanaladuras curvas en el cilindro. Había visto otras en el museo, de acero o aluminio, pero las de hierro se creían extinguidas y circulaban cientos de leyendas en torno a ellas. La escondió bien entre sus ropas, y volvió a la ruta principal para continuar empujando el carro donde guardaba los objetos de valor encontrados en el Sector F. Si se daba prisa, llegaría a la capital en dos ciclos de linterna.

Era día de mercado en la plaza de Ciudad Cloaca, así que tuvo que esperar un buen rato en el Espacio de Remuneración, donde le pagaron catorce vidrios por dos monedas antiguas, un chaleco mugriento y un pendiente de metal. Había sido una buena semana y decidió regalarse unas cucarachas al chocolate. Zigzagueando entre puestos de traperos que gritaban sus ofertas y prostitutas de pechos desnudos, consiguió llegar a la biblioteca. Se dirigió a los anaqueles del fondo, y escogió Puertas y cerraduras al Mundo Exterior: Mito y realidad en la sociedad actual. Había memorizado las características de la llave, por lo que pasó las páginas con rapidez hasta encontrar la imagen exacta.

«Según los estudios de Rogers y Watson, citados anteriormente, esta tipología de llaves maestras abren las puertas tipo C que llevan a Mundo Exterior. […] Leyendas recogidas en Los Anales de Trikon hablan de un complejo entramado de galerías excavadas […] rumores de una salida.
El imaginario colectivo sobre la viabilidad de la supervivencia en la superficie de nuestro planeta queda refutado por Richardson […] altos niveles de radiación, lluvia ácida…».

Tras muchas lecturas, y cientos de planos de la red de túneles, descubrió que tal vez hubiese una de aquellas puertas en el túnel 79-R del Sector Z. La gente evitaba aquella ruta maldita, en la que al menos una veintena de personas había desaparecido desde que él tenía memoria. Tuvo una corazonada. Tal vez las enseñanzas de la escuela comunal sobre Mundo Exterior estaban falseadas por alguna razón incomprensible; tal vez los maestros se limitaban a repetir las palabras de los manuales. Los siguientes días los pasó intercambiando sus vidrios por alimentos y pilas. La posibilidad de encontrar la salida era remota, pero ya sentía el frío de la muerte en los huesos, y quería ver la superficie.

Las ratas se habían adueñado del Sector Z, apenas iluminado, al que llegó una semana después. Quedó sorprendido por la cantidad de tesoros abandonados allí. Si su aventura no resultaba, al menos podría recuperar los vidrios vendiendo algunos objetos. Vagó durante horas, limpiando el polvo acumulado sobre los carteles que numeraban los corredores, hasta dar con el 79-R.

Palpó las paredes centímetro a centímetro, en un estado casi febril, incluso después de notar las muñecas entumecidas y los dedos ensangrentados. Se iba a dar por vencido cuando captó que algo metálico, en un lateral oscuro del pasillo, devolvía apenas el reflejo de su linterna. Allí estaba. Aunque la puerta tenía polvo, la encontró bastante limpia. Preguntándose cuándo la habían usado por última vez, introdujo la llave en la cerradura y, para su sorpresa, el portón se abrió con un ligero chirrido de goznes.

Subió tantos tramos de escaleras que perdió la cuenta. Mientras descansaba en un rellano espacioso, donde el aire no olía a rancio, sacó un trozo de rata en salazón y apagó el foco para ahorrar batería. Y entonces vio, al final del pasillo, un resplandor blanquecino, extrañamente agradable, que se colaba por una abertura.

Una lámpara redonda y miles de leds iluminaban, desde el techo del mundo, un estanque. El anciano reía a carcajadas, al tiempo que se desvestía para sentir, por primera vez, la brisa sobre la piel desnuda.

 

Taller de #escritura nº36. Móntame una escena: el anciano y la llave

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