Agazapado en la escalera de incendios de un sucio y mal iluminado callejón, coloco el silenciador a mi arma. Faltan tres minutos para las doce de la noche y casi una hora para el cierre del local, pero si no acabo hoy con mi objetivo me quedaré sin el dinero. Por suerte las calles están desiertas, una de las ventajas de trabajar en ciudades de provincias durante el invierno.

Se abre la puerta lateral de la sala de baile que vigilo y el ritmo de un tango rasga el silencio. Un camarero saca las basuras al contenedor, se fuma un cigarro y vuelve a entrar.

La espera me aburre. Jugueteo con una moneda vieja de veinticinco pesetas, mi talismán, recogida del bolsillo izquierdo de mi primer cadáver. Todos los asesinos a sueldo somos un poco supersticiosos y nunca realizo un encargo sin ella.

Una pareja joven que pasa por el callejón, riendo y cantando, completamente borracha, interrumpe mis pensamientos. Se oye una campanada a lo lejos. Minutos después, la puerta se abre. El personal y los músicos salen alegres, alguno incluso haciendo piruetas. Alguien les lanza un improperio desde alguna de las ventanas que hay por encima de mí, mentándoles a la madre y resto de la parentela, lo que me obliga a hacerme uno con las sombras. El grupo se dispersa entre risas.

Aprovecho para bajar las escaleras, casi de puntillas para no despertar a nadie, y me oculto junto al contenedor. El señor Martínez no tarda en salir con una mochila oscura sobre el hombro y una bolsa de una tienda cara. Le acompaña una joven rubia, casi una niña, que marca sus curvas con un vestido naranja ajustado y unos largos tacones. Ella le da un beso y le susurra algo al oído.

—Hoy no puede ser, Gabriela. —Sonríe con tristeza—. A veces tengo que volver a casa.

—Tu mujer no es idiota. Ya sabe nuestro secreto.

—Mañana es su sesenta cumpleaños, y mis hijos vendrán temprano a desayunar. —La besa en el cuello.

—Así que el regalo no es para mí. —Lo mira con un mohín, encogiendo la nariz como un roedor, mientras señala la bolsa.

—Esta vez no. —Ella va a decir algo, pero él la corta besándola con dulzura—. Se lo diré pronto, te lo prometo. Dame un par de semanas más para solucionar lo del acuerdo prematrimonial. —Mira hacia la calle principal al oír el frenar un coche—. Ahí está tu taxi.

Ella se despide con la mano desde la esquina y desaparece en el interior del vehículo, que arranca enseguida. En cuanto Martínez llega a mi altura, me pongo frente a él y le disparo en la cabeza, a bocajarro, antes de que pueda dar la voz de alarma. Con delicadeza y sin hacer ruido, sujeto el cuerpo inerte y lo arrastro tras el contenedor. Uso una pequeña linterna para rebuscar entre sus bolsillos. Le quito la cartera, el teléfono móvil de última generación y un paquete de tabaco. En la mochila encuentro una cajita con su alianza, la recaudación de la noche  —algo más de dos mil euros— y una muda de ropa de marca. Dentro de la bolsa hay un paquete envuelto. Rasgo el papel sin piedad. Es un frasco de perfume muy caro, así que también me lo llevo. Miro al pobre diablo durante un segundo, lo cubro con algunas bolsas, y desaparezco entre las sombras con el botín.

Antes de ir a casa, dejo un sobre para entrega urgente en el buzón de una reconocida paquetería.

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La señora Martínez desayuna con sus dos hijos, sus nueras y sus tres nietos en el salón. Parece más alegre de lo habitual, a pesar de la ausencia de su marido, aunque mira la hora continuamente. A las ocho en punto suena el timbre de la puerta. Una sirvienta le entrega, minutos después, un sobre.

—¿Madre? ¿Sucede algo? —pregunta su hijo mayor al oírla gritar de alegría.

—Vuestro padre no podrá venir hoy. Negocios, ya sabéis.

—¿Y te alegras?

—Al contrario, Álex, pero su regalo lo compensa. —Le muestra unas entradas para la opereta de La viuda alegre—. Creo que esto merece un desayuno especial.

Sus hijos la miran con una sonrisa.

—Por supuesto, madre. —Álex da dos palmadas para avisar a la sirvienta—. Gabriela, saca copas y el mejor champagne que encuentres en el estudio de papá. Creo que ya sabes dónde lo guarda.

Taller de #escritura nº41. Móntame una escena: doce palabras

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