Apenas puedo respirar. Mis pulmones arden, al igual que el edificio, y el calor de las llamas es insoportable. Sé que no debo abrir la puerta, pero no hay otra salida. Me arrastro hasta ella, los ojos resecos envueltos en lágrimas, y estiro mis dedos hacia el pomo. El dolor sordo de su contacto sobre la piel me arranca un aullido.

Voy a morir. Sigue leyendo