Cotilleo: Los personajes y el alter ego

Personajes y alter ego delirios y palabras

Esta semana iba a redactar una entrada de esas que son muy útiles, pero los astros se han alineado estos quince días para impedírmelo. Al final me encontré con que ya casi era viernes de publicación y yo seguía con estos pelos y sin depilar. La culpa es de la rehabilitación, los virus, una mastitis, de Orco, Ladillita y mi falta de previsión, porque para qué voy a tener un calendario editorial con fechas y eso. A una le gusta vivir al límite, escribir al día y beber agua del grifo.

Tenía dos entradas a medias, largas como un día sin pan y que aún requerían de mucho trabajo. Así que no sabía de qué hablar. Necesitaba ideas urgentemente (ains, un adverbio) y decidí leerme este artículo de Excentrya, y este otro también. Incluso revisé un tercero, esta vez de Gabriella Literaria, en busca de inspiración. Tras descartar la mayoría de ideas —las listas me gustan para el verano y no soy de crear polémicas innecesarias fuera de casa—, me arriesgué a preguntaros (a todos y todas, sí) en Twitter si preferíais relato o cotilleo sobre mi vida. Y, oh, amantes de las letras, resulta que no os gusta leer. Que lo que de verdad os pone es comer palomitas mientras veis el Sálvame Deluxe.  

Pues hala, a comadrear.

Mis personajes son (eran) mi «alter ego»

Menuda cara has puesto: esos pelos de punta, los ojos desencajados por la sorpresa, los labios en una perfecta forma de O… ¿A que nunca se te hubiese ocurrido algo así? Ahora en serio. Como todos los escritores noveles (y cuanto más jóvenes más pronunciado encuentras este rasgo)  pasé por esa fase de escritora que pone toda su vida en el asador, le da vueltas, la decora y dice: «Mira, un relato». O algo por el estilo. 

Lo cierto es que mis protagonistas solían tener mucho de mi psicología y nada de mi físico. Me costó años darme cuenta, muy a pesar de las advertencias que te hacen al respecto en cientos de blogs y talleres. Pero claro, yo nací en el Pleistoceno y si apenas teníamos acceso a internet en España, imagina la webgrafía que había dedicada a la escritura. Pues eso. NADA. Como mucho hablabas por IRC, te creabas un MySpace, y redactabas la tesis doctoral mientras Netscape cargaba alguna página. Y lo hacías desde la uni, que pagar cuota salía por un riñón y tener tu propio PC correspondía solo a las clases más pudientes.

A lo que iba. Lo primero que te dicen en cualquier taller es (leer con voz de Constantino Romero): «Pon algo de ti en tus personajes, pero no los conviertas en ti mismo/a (a menos que sea una autobiografía)». Bueno, pues yo les puse mi mala leche y mi inteligencia, tiré un dado de 100 y estas estadísticas aumentaron proporcionalmente; luego me miré al espejo y corté aquí, pasé la plancha por allí, añadí centímetros acullá, y listo. Me río yo de Lara Croft.

Si releo mis cuentos de hace muuuuchos años (las señoras de bien no decimos nuestra edad real), mis protagonistas femeninas eran altas y atléticas. Para que te hagas una idea, aquí la menda rasca el 1,60 —con suerte—. Hasta los treinta, aunque tuve temporadas que ganaba bastante peso, lo habitual es que me preguntasen si era anoréxica, como a quien preguntan si le gusta el café. Luego me cambió el metabolismo y mi culo no cupo nunca más en una talla 36. Ni en la 38, ni en la 40, ni… Mejor lo dejo. Entonces todos comenzaron a decirme que debía hacer dieta y deporte (ja, no se me habría ocurrido a mí sola nunca), como quien te dice que mañana lloverá. Además, todas mis protagonistas eran pelirrojas de ojos verdes, porque en el mundo no hay morenas ni rubias ni ningún otro color de ojos diferente al verde. Esmeralda, para más inri. Bueno vale. Acepto los ojos pardos, como los míos. Pero ya. 

cotilleo pelirroja fumando
El cigarro y los bamboleantes y turgentes pechos también iban incluidos.

Aún así ninguna de ellas era una Mary Sue, porque a mí me ponen los personajes defectuosos, y le añadía alguna tara mental: demasiado fría, demasiado histérica, demasiado romántica, demasiado bruta, demasiado… ella. Vamos, que como muestra de histrionismo me servían todas. Pero no, no eran personajes inolvidables o atípicos. 

A los personajes masculinos los relegaba a las siguientes funciones: reproductora, acompañante casual, inútil integral, misógino acérrimo o compañero fiel segundón. A estos no les ponía cuerpos perfectos ni rasurados Gillette. Cosas de que a una le pongan los gafapasta desaliñados con barba y barriguita desde que tiene conocimiento. Eso sí. Altos. Todos eran altos. Porque los bajitos fueron masacrados hace millones de años y el gen se había extinguido. 

Con la edad te llega la sabiduría

O no. Solo hay que encender la tele un rato. 

Aunque se supone que al hacerte mayor desarrollas más el espíritu crítico y la seguridad. Al menos lo suficiente para observar y aceptar matices de ti mismo que veinte años antes ni te hubieses planteado. Llamemos a este fenómeno «madurar».

Por mazazos de la vida estuve unos quince años sin escribir historias —lo siento, pero hay partes del cotilleo que me reservo, tal vez os lo cuente algún día—, pero no dejé de leer. A veces cogía el bolígrafo e intentaba contar una, pero todos mis personajes me parecían planos, las historias aburridas, y las palabras se me antojaban huecas, así que no solía pasar de un par de líneas. Hasta que hace algo más de tres años me pregunté por qué no conseguía llenar el vacío que sentía y decidí ponerlo por escrito para analizarlo mejor. 

Sorpresa. Lo que me faltaba era contar historias. Por fin estaba preparada otra vez. Y al releer la primera mierda que escribí (tras quince años sin narrar solo sale basura) descubrí que, aunque no había mejorado mi redacción, los matices de mis historias y mis personajes eran distintos. Mis protagonistas eran mujeres fuertes y pusilánimes, altas y bajas, gordas y flacas, con defectos físicos graves o sutiles, con distintos colores de piel, de pelo, de ojos; que exploraban su sexualidad y la disfrutaban sin tabús. A veces más listas, otras más simplonas. Más o menos complacientes con su entorno. Personas reales como yo: perfectas imperfectas con claroscuros que las enriquecían. Y lo mismo le sucedía a los personajes masculinos. 

Resulta que, a pesar de haber abandonado la escritura durante años, los cientos de lecturas acumuladas, mis experiencias vitales y las personas que conocí por el camino me habían enriquecido como persona y, por tanto, como escritora. Al menos en lo que a creación de personajes se refiere.

Moraleja

Tal vez te desesperes por no ser tan buen escritor como quisieras. No lo hagas. La constancia, el estudio y la experiencia vital pasan factura antes o después. Y lo hacen positivamente. Puede que tus historias sigan sin ser superventas, pero mejorarán con el tiempo y, eso, florecilla de mi corazón, es parte del proceso creativo. 

Así que repasa bien todos tus personajes y comprueba que no sean tu alter ego.

Señoras victorianas cotillas
Ahora hasta me atrevería con #SeñorasQueSeEmpotraronHaceMucho
¿Y tú? ¿Has cometido el mismo error? ¿Cuál de tus personajes es tu alter ego?
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