Muestra, no cuentes: mito y realidad

Muestra, no cuentes. Mito o realidad.

«Muestra, no cuentes». Lo has leído mil veces, te lo han dicho dos millones, hasta sueñas con ello. Incluso te has creído tanto el mantra que has dejado de escribir. Porque los profesores de técnicas literarias son tan malvados como Joffrey Baratheon. Les gusta amargarte la vida, complicar tus escritos, y has llegado a pensar que tirarte puente abajo, en vez de al fontanero, es una opción viable.

No desesperes, que llego al rescate. Voy a darte un par de pistas de lo que va el artículo de hoy, y voy a romper dos mitos porque por mucho que te digan:

  1. No siempre es necesario mostrar. También puedes contar. Son recursos técnicos a tu alcance, y los dos son compatibles. (Qué sorpresa, ¿eh?)
  2. A mostrar también se aprende. ¿Recuerdas aquello de cueces o enriqueces? Pues igual que puedes usar caldo en polvo para dar sabor a algo insípido (y solo tienes que aprender a abrir el paquete y espolvorearlo), puedes aprender a mostrar.

Quédate, que te lo cuento todo. Pero empecemos desde el principio.

¿Qué diferencia hay entre contar y mostrar?

RAE tiene varias definiciones para cada uno de los verbos, aunque aquí solo expongo los significados que de verdad te interesan:

Contar

  • Numerar o computar las cosas considerándolas como unidades homogéneas.
  • Referir un suceso verdadero o fabuloso.

Y, según el Diccionario panhispánico de dudas (DPD):

Como transitivo, ‘referir oralmente [algo]’ y ‘determinar el número [de algo]

Mostrar

  • Manifestar o poner a la vista algo, o enseñarlo o señalarlo para que se vea.
  • Explicar, dar a conocer algo o convencer de su certidumbre.
  • Hacer patente un afecto real o simulado.
  • Dar a entender o conocer con las acciones una calidad del ánimo.
  • Exhibirse (DPD)

¿Ves que he destacado algunas palabras en las definiciones de cada verbo? Podría ser por gusto, o porque su sonoridad me pone mucho. Pero no. Aunque no lo creas, están en negrita por un motivo: porque son las que de verdad nos interesan (no se te habría ocurrido nunca, ¿verdad?).

La gran diferencia entre contar y mostrar viene de nuestra intencionalidad. En la primera opción, nos limitamos a numerar o referir algo. Por ejemplo:

Las piernas de Mariloles eran tan bonitas que, cuando se ponía minifalda, llamaban la atención de todo el barrio.

Listo. Ya está. Lo has contado. Fin de la historia. Es lo que hacemos en nuestra vida diaria, sobre todo por cuestiones de economía del lenguaje. O porque eres policía y estás escribiendo uno de esos aburridos informes que siempre te tocan a última hora. Con lo bien que se debe de estar en la cama a las siete de la mañana de un domingo…

Sin embargo, cuando de mostrar se trata, la cosa se complica. Si te fijas, te he marcado expresiones y palabras como para que se vea, explicar, hacer patente, conocer o, la más adecuada de todas, exhibirse. Cuando mostramos, vamos un poco más allá en la narración de los hechos, pretendemos provocar sentimientos profundos en el lector, que empatice con nuestros personajes, que respire nuestro mundo, que saboree cada palabra, que se funda con nuestra novela y olvide que ahí fuera tiene familia, trabajo y un montón de problemas sin resolver. Como me gustan las piernas de Mariloles, voy a mostrártelas.

Cada vez que salían a pasear por el pueblo, hasta la brisa se quedaba en pausa ante aquellas dos columnas griegas, alargadas y esbeltas que asomaban sin pudor de aquel trozo de tela minúsculo. Las carnes prietas de los muslos temblaban apenas con cada pisada, las rodillas se doblaban en un movimiento grácil, acompañado por la musculatura que marcaba sus pantorrillas sobre aquellos tacones de aguja. Todo el mundo contenía la respiración a su paso. Las ancianas dejaban de tejer y sus señores, siempre tan comedidos, olvidaban fumar sus largos puros. Incluso los más pequeños detenían sus juegos infantiles, temerosos de romper la magia que aquellos tobillos ejercían sobre los atardeceres de agosto. En cuanto las piernas de Mariloles doblaban la esquina, la calle recuperaba su vida, agitada por la envidia y la admiración que levantaba la descarada seguridad con la que taconeaban aquellas extremidades. (Ejemplo de cosecha propia).

¿Te ha quedado clara la diferencia? Venga, que te hago una descripción gráfica:

En la primera, Mariloles se ha ido a la piscina y ha tomado el sol. Listo.
En la segunda… Imagina lo que quieras. Seguro que te sacas una historia molona en dos segundos sobre Mariloles y sus botines amarillos.

¿Sigues sin verlo? Pues relee con calma, que si pongo más ejemplos, nos comemos aquí las uvas.

¿Ya lo tienes? Genial. Vamos a desmontar el primer mito del famoso «muestra, no cuentes».

Mito 1: Muestra, no cuentes… ¿Lo aplico siempre?

Es cierto que cuando mostramos enriquecemos muchísimo nuestra prosa y llegamos mejor al lector. Pero, en ocasiones, es mejor limitarnos a contar. Imagina que estás narrando un crimen. Si te has decidido a crear un informe policial, no tiene sentido que entres en detalles subjetivos. Lo normal en una denuncia o en una declaración es que usemos un lenguaje sencillo, frío y distante. Y es que, al contar, ganamos esas cualidades. Voy a usar dos ejemplos clásicos:

«Me hubiera sido imposible reconocerla. Le habían disparado en la nuca, con el arma a pocos centímetros. Yacía sobre un costado, cara a la pared y la pared estaba cubierta de sangre. La ropa de la cama la cubría hasta los hombros. El sheriff Robinson la destapó y vimos que llevaba puesto un albornoz, el pijama, calcetines y zapatillas, como si en el momento del hecho, no se hubiese acostado aún. Tenía las manos atadas a la espalda y los tobillos atados con una cuerda de las que se usan en las persianas venecianas».

A sangre fría, Truman Capote

Cae en la acera, agitándose como un loco, mientras la sangre no deja de manar, y yo limpio el cuchillo en su chaqueta y vuelvo a guardarlo en el attaché y empiezo a alejarme, pero para asegurarme de que la jodida loca está muerta de verdad y no lo simula (a veces hacen eso) le disparo con la pistola con silenciador un par de veces en la cara y luego me marcho, casi resbalando en el charco de sangre que se ha formado junto a su cabeza […]

American Psycho, Bret Easton Ellis

Como ves, si lo que queremos es conseguir un narrador distante, frío, calculador o un tono impersonal en nuestro texto, lo mejor es contar. En el caso de American Psycho es la frialdad de la narración en primera persona lo que más nos repele.

Sin embargo, cuando mostramos, conseguimos otro tipo de acercamiento del lector.

Cuando estuvo muerta, la tendió en el suelo entre los huesos de ciruela, le desgarró el vestido y la fragancia se convirtió en torrente que le inundó con su aroma. Apretó la cara contra su piel y la pasó, con las ventanas de la nariz esponjadas, por su vientre, pecho, garganta, rostro, cabellos y otra vez por el vientre hasta el sexo,los muslos y las blancas pantorrillas. La olfateó desde la cabeza hasta la punta de los pies, recogiendo los últimos restos de su fragancia en la barbilla, en el ombligo y en el hueco del codo. Cuando la hubo olido hasta marchitarla por completo, permaneció todavía un rato a su lado en cuclillas para sobreponerse, porque estaba saturado de ella.

El perfume, Patrick Süskind

En El perfume, nos encontramos a Grenouille, un asesino pasional, muy diferente a Patrick Bateman. Con el primero, incluso empatizamos en algún momento y entendemos sus motivaciones, algo que no sucede con el ejecutivo esnob que crea Ellis en su novela.

¿Y si nos ponemos en la piel de la víctima? No es lo mismo contar:

Corrí escaleras abajo, agarrada a la barandilla para no caerme. Oí gritos que venían del dormitorio. No eran míos, yo me había quedado muda. Recuerdo que tuve pánico. Pensé que huir era inútil. Cuando llegué a la puerta, alguien tiró de mi brazo hacia atrás. El hombro se me desencajó.

No chillé.

Reescritura de L. M. Mateo de un fragmento de Nieves Mories.

Que mostrar:

Corría escaleras abajo, agarrada a una barandilla astillada para no rodar de cabeza en uno de los muchos traspiés que me hacían avanzar. Detrás de mí quedaban los alaridos que manaban a través del pasillo desde un dormitorio envuelto en tinieblas, lleno de sangre y sombras danzarinas. Unos aullidos que no eran los míos, porque yo me había quedado muda, y deseaba ser también ciega y sorda. Recuerdo muy bien mis jadeos, el ardor en el pecho, los tropiezos y el sudor. El pánico. La prisa y la certeza de que la huida era del todo inútil. Entonces, cuando por fin había llegado a la puerta de Blueberry Hill, cuando por fin la abría, alguien tiró de mi brazo hacia atrás con brutalidad. El hombro se me desencajó con un cloc que sonó como un trueno.

No me quedó aliento ni para chillar.

La chica descalza en la colina de los arándanos, Nieves Mories

Desde luego, en el segundo fragmento nos sentimos parte de la escena. Somos la víctima en una carrera alocada intentando salvar la vida. Sentimos su miedo, su respiración, su dolor. En el primero…, bueno, podría ser el relato distante que se hace en una declaración cuando la víctima está en estado de shock. Para eso te serviría contar en este caso: para reflejar la disociación de la víctima con lo que ha sufrido.

Realidad 1 del «muestra, no cuentes»: lo importante es distinguir el uso de cada técnica y los efectos que producen en el lector para usarlas adecuadamente.

Mito 2: Muestra, no cuentes… y tu falta de talento

El segundo mito del «cuenta, no muestres» te lo autoimpones tú, juntaletrillas de mi vida. Viene de la falta de confianza para aprender nuevas técnicas literarias y de la creencia de que el talento es lo único importante en los trabajos creativos. Y si bien es cierto que todos poseemos talentos naturales que nos predisponen a ciertas actividades, lo cierto es que el talento sin control, no sirve de nada. El talento se trabaja. Y eso ya lo decía Picasso:

Imagen de la izquierda de (Cuando funcione pixabay, juro que la cito, que es una española)

Ah, que te has quedado con cara de lechuga porque esperabas otra frase. Creo que era esta:

La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando.

Pablo Ruíz Picasso

Ya, es que es muy cool esa frase. Y también es la más manida que tiene. A ver, que voy por otros derroteros. He elegido la de los niños porque tenemos la manía de que no podemos aprender a mostrar. Pero los niños lo aprenden todo: a mamar, a comer, a caminar, a hablar (¡hablar! ¿Sabes lo difícil que es eso?), a escribir, a… Sigues sin entenderlo. Vale. El talento está muy bien, pero ya nos deja caer el pintor que para mejorar hay que trabajar. A ser artista también se aprende (menos los habitantes de GH. Esos nacieron «artistas» ya). El problema es que, de adultos, la vida se nos come y tenemos otras prioridades. Y sin aprendizaje, no hay técnica que valga. Tu problema no es que no sepas cómo aprender.

Tu problema es que no tienes tiempo de aprender.

Aún no lo tienes claro, así que voy a sacar un poco de contexto (pero solo un poco, ya que él habla del talento y el estigma, y ya hablaré en otro artículo sobre esto) de otro gran profesor:

Los escritores se ordenan siguiendo la misma pirámide que se aprecia en todas las áreas del talento y la creatividad humanos.

Los malos están en la base. Encima hay otro grupo, ligeramente más reducido pero abundante y acogedor: son los escritores aceptables […]

El tercer nivel es mucho más pequeño. Se trata de los escritores buenos de verdad. Encima (de ellos, de casi todos nosotros) están los Shakespeare, Faulkner, Yeats, Shaw y Eudora Welty: genios, accidentes divinos, personajes con un don que no podemos entender, y ya no digamos alcanzar. […]

Abordo el corazón de este libro con dos tesis sencillas. La primera es que escribir bien consiste en entender los fundamentos (vocabulario, gramática, elementos del estilo) y llenar la tercera bandeja de la caja de herramientas con los instrumentos adecuados. La segunda es que, si bien es imposible convertir a un mal escritor en escritor decente, e igual de imposible convertir a un buen escritor en fenómeno, trabajando duro, poniendo empeño y recibiendo la ayuda oportuna sí es posible convertir a un escritor aceptable, pero nada más, en buen escritor.

Mientras escribo, Stephen King

Si en algo coinciden los dos maestros es que se necesita trabajo y aprendizaje para convertirse en un buen artista, por mucho talento que se tenga. Y pregunto, ¿quién diablos te has creído tú para llevarles la contraria? (En muchas otras cosas te lo permito, pero en esto, no).

Y para que puedas practicar en cualquier sitio, aunque la vida adulta te lo impida, te traigo unos sencillos ejercicios que puedes poner en práctica aunque no estés en casa o no tengas papel. Eso sí, intenta llevar el móvil encima, porque te aseguro que más de una vez se te ocurrirán frases y comparaciones que querrás usar en tus textos.

5 juegos y técnicas para aprender a mostrar

  1. Coge una idea y estírala. Imagina que estás en el parque con tus hijos, paseando al perro o haciendo botellón y anochece. Ves la puesta de sol y piensas: «¡Qué bonita!». Perfecto. Acabas de contar. Ahora ve un paso más allá. ¿Por qué te parece hermosa? ¿Son las sombras, los colores? ¿Es el momento y el lugar lo que la hace especial?
  2. Asocia ideas. Sigo con la puesta de sol. Has decidido que lo que la hace especial es el color de las nubes, que hoy son de un naranja poco habitual. ¿A qué te recuerda ese color? ¿Con qué lo asocias? ¿Qué sabores te evoca, qué olores, qué texturas? Sigue tirando del hilo y haciéndote preguntas con cada elemento sencillo que encuentres en tu pensamiento.
  3. Usa mapas mentales. Busca una palabra y, a partir de esta, genera otras con las que lo asocies. Es similar al anterior, pero para quienes necesitan trabajar de un modo más visual, es perfecta. Por ejemplo, escribe la palabra «miedo» en el centro de la página y saca flechas a las que asignarás nuevas palabras. De estas sacarás otras palabras nuevas. Y así sucesivamente hasta que te aburras. Después, crea frases y conexiones entre ellas.
  4. Observa tu entorno. Te cruzas con alguien que te ha llamado la atención. O te fijas en un coche. ¿Por qué? ¿Qué tiene de diferente al resto de personas o de coches? ¿A qué te recuerda? ¿Qué sensaciones te produce?
  5. Sé consciente de ti mismo. Este es un ejercicio que se usa para aprender a controlar la ansiedad, por ejemplo, y que te sirve para aprender a mostrar. Has mirado tu cuenta bancaria y te has acojonado. ¿Qué reacciones físicas tiene tu cuerpo? ¿Qué pasa por tu cabeza? Fíjate en todo, experimenta, busca el detalle. Tenemos millones de reacciones fisiológicas diarias, algunas tan imperceptibles que solo las identificamos cuando nos concentramos en percibirlas. Analízalas. Apúntalas si puedes y úsalas en tus textos.

Hay una regla de oro para que estos ejercicios funcionen. Es sencilla y tiene un buen motivo:

NO TE CENSURES

No tiene ningún sentido que lo hagas. Consiste en que dejes volar tu imaginación y encuentres asociaciones posibles e imposibles, de modo que cuando necesites mostrar no te quedes en blanco. Todo está permitido. Luego ya desecharás las metáforas y las comparaciones que no tienen ningún sentido, o esa idea en la que te has recreado torturando y acabando con la vida de tu jefe, que para eso está la reescritura y no quiero que acabes en presidio.

Realidad 2 de «muestra, no cuentes»: soy incapaz de mostrar. Mentira. A mostrar también se aprende, florecilla.

En definitiva, que igual que un niño aprende primero palabras sueltas y las pronuncia mal, pero con la práctica y los años amplía su vocabulario, construye frases complejas y las pronuncia bien (casi siempre, que mi abuela jamás fue capaz de pronunciar falda en vez de farda), un escritor novel empezará contando y, con práctica, podrá mostrar; y con práctica, formación y mucho trabajo, incluso distinguirá cuándo contar o mostrar y cómo hacerlo en los diálogos, las descripciones o la acción narrativa. Pero de esto último ya hablaremos en otra ocasión.

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4 Respuestas

  1. Noa Velasco dice:

    Me gusta el ejemplo con reescritura de Nieves Mories. Aunque también se suele pensar que mostrar es adornar lo que se cuenta. No tiene por qué quedar adornado, puedes ser igual de sintético (o más). Para mí, la diferencia es más bien algo así:

    Contar
    Estaba furioso. No le gustaba lo que le habían regalado. Odiaba los payasos con toda su alma.

    Mostrar
    Tiró el payaso de juguete al suelo y le dio una patada.
    —¿N-no te ha gustado el regalo?
    —Odio los putos payasos.

    Mostrar gestos, detalles, acciones y diálogos de los que se deduce mucha información, haciendo partícipe al lector en lugar de dárselo masticado. Creo que esa es la belleza de mostrar, aunque, como bien dices, es importante saber cuándo hay que usar un método y cuándo otro. 🙂

    • L. M. Mateo dice:

      Tal y como dices, Noa, mostrar no tiene por qué significar «adornar» o «recargar» el texto. No quería adelantar nada porque ahora estoy con la redacción de otros artículos, pero mi idea es hablar, más adelante, de cómo usar el mostrar en diálogos, descripciones, escenas de acción, etc., y cómo puede ayudar a acelerar o ralentizar el ritmo de una escena. (Vamos, que me has pillado. XD).

  2. Anael dice:

    ¡Hola, LM!

    Me parto de risa con tus artículos. Es una gozada leerte. Y además, aprendo.
    Sigue así, muy buen artículo y muy claros ejemplos.

    ¡Un abrazo!

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